5 de diciembre de 2020

Radio Republicana

La Voz de la Memoria

Juan Pinilla: “El flamenco me ha ayudado a comprender que existe una alternativa real, no superada: la sociedad socialista”

“El relato dominante cuenta que el flamenco ha sido siempre cómplice del poder. Y no es así. Las voces que no callaron murieron en combate, fueron fusiladas, represaliadas y torturadas”

GEMA DELGADO – MUNDO OBRERO

No todo es nacional flamenquismo ni cante enlatado de la posmodernidad, ni todos los flamencos pertenecen al mundillo de los artistas de consumo. Hay referentes alternativos en la lucha cultural y en el cante. Uno de los que destacan, por su compromiso, valentía y rigor intelectual, es el cantaor y escritor Juan Pinilla, al que tantas veces le han dicho que para triunfar no se debe mezclar el arte con la política y mucho menos con la política de clase; la política de la gente que se opone al poder desde la resistencia y la dignidad. Pero Juan Pinilla es una voz que no calla, y es además la voz y la pluma histórica y teórica de las voces que no callaron durante el franquismo y tampoco después, durante la normalización de una democracia intervenida y demediada que acusa la afonía permanente de muchos intelectuales. Con ganas y atrevimiento, y con la intención de poner los primeros ladrillos de una “revisión gramsciana” de la historia del flamenco, Pinilla nos presenta ahora Las voces que no callaron. Flamenco y revolución, editado por Atrapasueños (cooperativa para la cultura crítica).

MUNDO OBRERO: Nueva versión muy aumentada de un texto de hace casi diez años. ¿Quizás con la vocación de una historia del flamenco?
JUAN PINILLA:
 En todo caso sería una revisión de la historia del flamenco desde una óptica gramsciana. El libro-disco de 2011 marcaba unos preliminares que ahora se sitúan con fuerza y extensión: el lugar de aquellas mujeres y hombres cuyo compromiso, paralelo a su valía artística, ha sido ignorado por el relato dominante, que como única versión nos viene a decir que el flamenco ha sido siempre cómplice, una música cómplice del poder. Y no es así. Cansino Assens dijo: “Todas las manifestaciones culturales de los pueblos abocan a lo social, o no son nada”. Y es así en el flamenco, incluso más allá de los compromisos personales. Por eso este libro abre el foco y supone una estructura, muy cuidada, desde los albores del flamenco, desde su propia génesis, en torno al siglo XVIII, y que llega hasta nuestros días, pasando por los turbulentos siglos XIX y XX. Así el libro se detiene en las Repúblicas, enfoca las vinculaciones de algunos flamencos a los reinados de Alfonso XII y Alfonso XIII, se adentra por el exilio, la dictadura, los albores de la democracia, la Transición y el régimen del 78, en el que nos hallamos.

M.O.: Es una reivindicación constante en ti: Hubo voces que no callaron.
J.P.:
 Efectivamente, y en muchos casos se trazan en el libro retratos e historias fascinantes. Por citar algunos ejemplos: José Martín Cintas, “Niño de Cazalla”, cuyo periplo judicial tras la guerra civil fue un auténtico calvario; Curro Casamía, anarquista y padre de la Niña de la Puebla; Paco Moyano, cantaor granadino, que sufrió torturas en la Dirección General de Seguridad de la Puerta del Sol… Hay nombres de muertos en combate o en ejecuciones sumarísimas, como el caso de Rita la Cantaora, o el de aquel insigne fandanguero llamado Corruco de Algeciras. O el caso del Chato de las Ventas, fusilado en Badajoz por sus letras satíricas y su defensa constante de la República. O los tocaores Juanito de Marchena y Varguitas. O Chaconcito, cuyo rastro se pierde en el Madrid del “No Pasarán”, apoyando siempre a la República. De esta larguísimo nómina brotan también nombres como el de Angelillo, Carmen Amaya, Niño de Utrera o José Greco. Y tantos otros.

M.O.: Aparece con mucha fuerza Antonio Gades.
J.P.:
 Gades es un capítulo aparte en la historia del flamenco comprometido. Su vida y su coherencia parecen sacados de un libro de Saramago. Es el ser íntegro, sin fisuras, sin medias tintas, y es el genio indiscutible que lleva la cultura popular a los más importantes escenarios del mundo. El capítulo sobre Gades lo escribí con una gran emoción. Entre otras cosas consignaba los atributos de un hijo de la clase obrera. “Por mis venas no corría el arte, corría anemia por el hambre”, decía sin ambages. Un todo terreno que nació y murió como un verdadero comunista.

M.O.: El origen: dolor y reivindicación. Y hambre.
J.P.:
 Sí, las flamencas y flamencos han pasado mucha hambre. Y de ahí nace esta música, esta cultura y esta lucha. No nace en las clases altas, nace en los estratos sociales más populares.

Me formé como traductor de la Universidad porque me gustaba viajar. Pero los viajes de verdad me los ha otorgado el flamenco, así como una perspectiva de la realidad que ha reforzado mis convicciones marxistas. Sobre todo después de trazar el perfil de cantaor que soy, cuando dejaron de interesarme las fiestas privadas y como ser figura de determinados eventos. Recuerdo fiestas en las embajadas de países del Medio Oriente y Latinoamérica que contrastaban fuertemente con lo que te encontrabas en la calle, dándote de frente con la pobreza y la desolación. El flamenco me ha ayudado a comprender que existe una alternativa real, no superada: la sociedad socialista.

M.O.: Flamencos en la pandemia. Un desastre. Desolación y bancos de alimentos.
J.P.:
 Es la primera vez que he visto este nivel de desastre. Hay que partir de una realidad muy simple para entenderlo. La mayoría de los que viven del flamenco en tablaos, en cuevas… no podían comer. Así de trágico es el trabajo diario. No han cotizado a la Seguridad Social y viven en barrios pobres. Y ahora se ha paralizado todo. La cultura no es una prioridad. Por primera vez se ha creado una banca de alimentos exclusiva para flamencos. Durante el confinamiento escribí varios artículos por encargo de un medio nacional y tuve la oportunidad de entrevistar a varios compañeros. Entre lágrimas me pedían que no publicara sus nombres. Todos eran primeras figuras, que habían actuado en los mejores escenarios; y ahora no podían acceder a ninguna ayuda. Y no podían comer. Así de trágico.

M.O.: Flamenco de base frente al flamenco espectáculo controlado por las Administraciones.
J.P.:
 Nos solemos escandalizar de la corrupción política publicada, pero nadie pide cuentas en el mundo del flamenco del destino de los fondos públicos. Por ejemplo, las agencias de managers realizan operaciones totalmente opacas con dinero público. Aparte hay una nueva imposición comercial del llamado “gitanismo” impostado, convertido en producto de consumo; ese que en principio denostó a figuras como Juanito Valderrama y relegó al olvido a figuras como Manuel Vallejo o Chacón. Pero mi crítica se dirige sobre todo a la utilización del dinero público.

M.O.: La Peña de la Platería. Decana del mundo.
J.P.:
 Es uno de los lugares más bellos del flamenco. La primera vez que fui no me dejaron entrar. Hoy soy un platero con más de 20 años de antigüedad y orgulloso de la historia de mi peña. Y amigo de aquel portero que no me dejó entrar.

M.O.: Creo que a veces te han dicho que por el bien de tu carrera no debes mezclar flamenco y política.
J.P.:
 Se trata de otra pandemia, la de los “analfabetos políticos”, como decía Bertolt Brecht, y que ahora presumen de apolíticos. Pero hay que decir que todos los apolíticos son de derechas, y por eso no quieren la mezcla, porque su concepción del flamenco saldría muy mal parada. Para muchos politizar es hablar desde la izquierda. Pero nada. Todo es política. Ni el más mínimo de los gestos humanos escapa a la política.

M.O.: De un tiempo a esta parte no paras de viajar. Más de 25 países y, al par, los rincones, los pueblos más desconocidos. ¿La gente entiende esta batalla?
J.P.:
 Sí. Hay algo que nos une, que nos abraza. La gente sabe lo que le gusta, y lo entiende todo, aunque a veces no sepa explicarlo. No hace falta rebajar el nivel para que eso ocurra. Los músicos de consumo hacen una narración impostada, desde un interés de mercado. Yo creo que la gente, el pueblo, sabe distinguir “los ecos de las voces”.

M.O.: ¿Cómo ves el futuro del flamenco?
J.P.:
 No puedo abstraer su futuro del de la sociedad en general. Ahora mismo, en plena pandemia, hay poco futuro. Pero en general no hay planificación cultural, ni política cultural, ni intención alguna de crear infraestructuras para el día de mañana. Se han perdido el 80% de las peñas flamencas y de los festivales populares que existían a finales de los 70. En el teatro pasa igual. Lo que quiere decir que no habrá público en unos años. Hay un chiste que lo resume todo. Una persona va a la taquilla de un teatro y pregunta a qué hora es la función; el taquillero le dice: “¿A qué hora puede venir usted?” Vivimos en la sociedad de la imagen, del beneficio a corto plazo y del pensamiento anestesiado. El desafío que se plantea con respecto al flamenco es si vamos a consentir que el capitalismo intervenga una música que sigue luchando por mantenerse libre, al margen de ataduras comerciales, o si finalmente bajamos la cabeza y dejamos que los progres, los posmodernos y los anarco-liberales impongan su criterio “rosaliero” y acaben con el flamenco de verdad.

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