26 de noviembre de 2020

Radio Republicana

La Voz de la Memoria

El Ministerio de Cultura premia el neorevisionismo histórico

Carmen Martínez Brugera*. LQS

Parece que volviéramos a los tiempos en el que los franquistas eran los dueños de la Universidad y ahora sin complejos se atreven a decir que sobre la represión franquista queda poco por investigar y ahora le toca a “la otra memoria”…

‘Retaguardia Roja’ Premio Nacional de Historia 2020

El premio Nacional de Historia concedido por el Ministerio de Cultura, ha recaído este año en la figura de Fernando del Rey Reguillo, que hace cuatro días declaraba a El Mundo: “Es una bobada lo del pacto de silencio histórico de la Transición”.

El premio, que se creó en 1981, ha tenido un recorrido de 40 años pero solo en cuatro ocasiones ha sido galardonado el tema de la guerra civil. De los cuatro historiadores premiados tres de ellos son contrarios a la memoria histórica. Todos de la cuerda de El País/PSOE: Santos Julíá, que en el año 96 declaró que, “estamos saturados de memoria”; Álvarez Junco, que no se cansa de decir que con “la transición comenzó la democracia en España”, olvidándose de la República, y Enrique Moradiellos, que declaró a El Español que “Si odias mucho a Franco, dedícate a estudiar música, porque no sirves para historiador”. Es decir, que no se puede ser historiador y antifranquista.

El jurado compuesto por 16 personas representan las más altas instituciones culturales, desde los 4 miembros de las diferentes reales academias, el representante de la conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE), el representante de las Asociaciones de Periodistas (FAPE), el del CSIF, el de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Madrid, el del Instituto de Investigaciones Feministas de la UCM y, no podía faltar, José Álvarez Junco, por el Ministerio de Cultura y Deporte.

Los más altos dignatarios culturales han decidido conceder el premio de este año a Fernando del Rey Reguillo porque “en los últimos años se ha convertido en uno de los especialistas de la Segunda República española. Y también porque su obra Retaguardia roja [constituye] una aportación innovadora en su metodología, a partir de la microhistoria y sus personajes y en el tratamiento de un tema tan delicado como es la violencia en la guerra civil”. Asimismo, ha destacado que “afronta este conflicto bélico desde una perspectiva ecuánime y equilibrada desligándose en todo momento del debate político. La obra cuenta con un intenso trabajo de investigación y un ejemplar tratamiento de las fuentes”.

Pero veamos que dice su autor: “La atención de los historiadores se ha focalizado en el análisis de la represión desplegada en la zona insurgente y en la dictadura que le tomó el relevo (…) son ya pocos los aspectos de la violencia rebelde y de las políticas punitivas del «Nuevo Estado» que quedan por tocar, aunque el filón se halle lejos de haberse agotado”.

Es toda una declaración de principios, no engaña a nadie. Según él hasta ahora solo se ha estudiado la historia de la represión franquista, ya se conocen todos los aspectos, no queda ninguno por tocar… y además es un filón (y ahí deja sembrada la duda sobre la integridad de los historiadores de la memoria histórica).

Fernando del Rey forma parte de la nueva hornada de revisionistas históricos que vienen a reemplazar a los Moas, Vidal o al cura falangista Ángel D. Martin Rubio…

Y ahora fijémonos en el lenguaje, empezando por el título: Retaguardia Roja. Roja, sin ningún respeto, sin tan siquiera poner comillas. “Roja”, sería lo correcto, si quiere utilizar el lenguaje de los golpistas. A la dictadura franquista le llama Nuevo Estado, a los golpistas, insurgentes y a la represión, violencia. No cabe más ideología en una frase. ¿Se habrán leído el libro los miembros del jurado?

Tampoco le gusta la palabra genocidio porque “conceptos tales como ‘genocidio’, ‘holocausto’ o ‘exterminio’ pueden ayudar a vender muchos libros, pero es preciso no exagerar” (vender muchos libros: otra vez la sospecha del oportunismo de los memorialistas). Para él, el genocidio solo se puede aplicar al caso judío porque fueron asesinados seis millones. Como si el genocidio dependiera de la cantidad y no del objetivo: plan sistemático de exterminio para aniquilar a un colectivo por motivos raciales, religiosos o políticos. Pero, en cambio, sí puede considerarse «persecución» o «exterminio» lo que ocurrió con la población religiosa. Aquí para él, ya no cuenta la cantidad.

El libro se centra en los hechos ocurridos en un pueblo de la provincia de Ciudad Real con el que tiene vínculos familiares, que permaneció en manos republicanas hasta abril de 1939, La Solana. (Sin duda aquí está su “aportación innovadora en su metodología, a partir de la microhistoria y sus personajes”, investigar sobre un pueblo, ¡antes nadie lo había hecho¡).

La secuencia de los hechos es similar a lo que ocurrió en aquellos municipios en los que no triunfó el golpe porque no estaba la Guardia Civil y el municipio estaba alejado del frente: se formó un comité de defensa con los vecinos más concienciados en colaboración con el Ayuntamiento, para mantener el orden público, hacer labores de vigilancia con las escopetas de caza y las armas incautadas a los derechistas, a los que en un primer momento se les mantuvo en arresto domiciliario.

Y aquí vuelve a salir su “perspectiva ecuánime y equilibrada” porque, según sus propias palabras “nadie pudo dar un paso en los pueblos sin el consentimiento de las milicias”, a las que acusa de realizar saqueos, abuso de autoridad, asalto a las armerías, cacheos, extorsión económica, etc. Es decirse llama saqueos a requisar a cambio de vales firmados para que los propietarios pudieran recuperarlos, cachear a registrar a los sospechosos, etc. olvidando que los miembros del comité, a los que el autor, llama cabecillas, habían sido nombrados oficialmente por la autoridad republicana y por tanto tenían potestad y legitimidad para hacerlo. Esto debería saberlo Rey Reguillo ya que es un especialista en la Segunda República.

Después, el orden se descontroló y diez vecinos fueron asesinados. Rey Reguillo no explica lo ocurrido, ni siquiera una hipótesis, solo menciona que nueve de los diez derechistas eliminados habían participado en el asalto a la Casa del Pueblo en octubre de 1934 donde murió un socialista. Es decir, que pudo ser una venganza. A lo largo de la guerra setenta y cinco derechistas fueron asesinados, aunque no sabemos cómo ocurrieron los hechos (menudo historiador está hecho). Pudo ser la llegada de los refugiados que contaban aterrados la represión de Badajoz, o el paso de la Columna de la Muerte por las provincias limítrofes, o tal vez el pánico de la población a los bombardeos, o simplemente el odio atrasado contra los caciques que habían preferido dejar en barbecho los campos antes de contratar a los braceros para doblegarlos por el hambre.

Y en cuanto a “un intenso trabajo de investigación” del Rey Reguillo ha consultado fundamentalmente La Causa General (ahí están sus notas) que está en internet y se puede consultar sin moverse de casa. Y en cuanto al “ejemplar tratamiento de las fuentes”, me ha llamado la atención la credibilidad que da a la Causa General, que naturalmente todo historiador que trabaje la guerra tiene que consultar pero que hay que interpretar con cautela, con sentido crítico, sabiendo que era un archivo incriminatorio, un instrumento de propaganda de los vencedores contra los vencidos.

Igual ocurre con los consejos de guerra: ni los atestados de las autoridades franquistas ni las “confesiones” de los encausados tienen ninguna validez probatoria.

También abusa de las fuentes hemerográficas, de los titulares sensacionalistas de los periódicos o de los discursos incendiarios de los políticos que, en plena contienda, hablaban de revolución y de la creación de un mundo nuevo. Cualquiera que conozca un poco la historia sabe que estos discursos se hacían para animar a la resistencia o que Largo Caballero era conocido por su retórica izquierdista o sus excesos verbales, pero nunca pasó de ahí. La intención de del Rey Reguillo no es otra que transmitir el caos.

Fernando del Rey es catedrático de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Universidad Complutense de Madrid. Forma parte de la nueva hornada de revisionistas históricos que vienen a reemplazar a los Moas, Vidal o al cura falangista Ángel D. Martin Rubio. Son más sutiles, no niegan el golpe militar ni lo retrotraen a octubre del 34 con el que responsabilizaban a los socialistas.

Los neorevisionistas simplemente dicen que “los dos bandos” eran iguales, aunque el de Franco mataba más. Hablan de guerra civil y fratricida, de la ola de sangre que despertó, no explican la lucha de clases por motivos estructurales: la propiedad de la tierra o las desigualdades sociales. Ridiculizan a los técnicos e ingenieros de la reforma agraria, que se planteó para paliar las consecuencias del paro forzoso, principal factor de desestabilización sociopolítica; hablan de intervencionismo gubernamental en las relaciones laborales por la aprobación de nuevas bases de trabajo que impulsó Largo Caballero y que tanto contribuyeron a mejorar las condiciones laborales de los trabajadores y trabajadoras.

Exageran los desórdenes ocurridos durante la República. Da igual que el profesor Eduardo González Calleja haya acreditado que el número de muertos durante el Gobierno republicano fue de 2.629 de los que 1.457 corresponden a octubre de 1934, o que durante los cinco meses del Frente Popular murieron 428 personas, el 60% de ellas izquierdistas, el 15% personas de derechas y el 10% policías y militares. Para ellos la República abrió las puertas a la guerra.

Esta promoción de los “revisionistas blandos” ha supuesto la oportunidad de trivializar cuando no de negar la realidad del pasado. El objetivo es actualizar el ideario franquista con un estilo fácil y accesible al alcance de todos y denostar a la Republica y a los republicanos a los que acusan de intransigentes. Hacen una lectura retrospectiva del periodo republicano que inevitablemente conducía a la guerra civil.

En este grupo se encuentran Manuel Álvarez Tardío, catedrático de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid; Fernando Sánchez Marrollo, de la Universidad de Extremadura, José María Marco, profesor de la Universidad Pontificia de Comillas y consejero asesor de las FAES, Luis E. Togores, de la San Pablo, y biógrafo de Yagüe. Y desde la Universidad de Edimburgo tenemos al historiador británico de origen hispánico, Julius Ruiz, autor de una obra con un título parecido al de Fernando del Rey, El terror rojo, todo un éxito mediático. Todos ellos, profesores de Universidad, cuentan con el aval de la Academia.

Parece que volviéramos a los tiempos en el que los franquistas eran los dueños de la Universidad y ahora sin complejos se atreven a decir que sobre la represión franquista queda poco por investigar y ahora le toca a “la otra memoria”. Mientras no se abran todos los archivos militares, policiales, diplomáticos y personales como los de Franco o Mola, no se puede decir que se han agotado todas las fuentes. Mientras los crímenes del franquismo no sean juzgados, mientras las recomendaciones de la ONU no sean atendidas, mientras la querella Argentina siga varada en un mar burocrático, se mantendrá el modelo de impunidad español porque, y tomo la cita de Francisco Espinosa, mi historiador de cabecera, “tenía razón Elizabeth Jelin, especialista argentina en derechos humanos, cuando afirmó que la justicia es la parte más sólida de la memoria”.

El premio de 20.000€ de dinero público concedido a Rey Reguillo es absolutamente inmerecido. Su libro no aporta nada a la historiografía de la guerra que no se conociera ya en 1940, año de la Causa General, ni tampoco las citas de La Historia de la Cruzada Española de Joaquín Arrarás, escrito en el año 1943. Ni siquiera es correcta la cifra de 60.000 víctimas de la violencia en zona republicana. Él sabe muy bien que la cifra correcta es menos de 50.000 y sigue bajando a medida que se van corrigiendo las duplicidades, frente a las víctimas de la dictadura franquista que son más de 130.000 y aún hay zonas sin investigar.

Los nombres de los “caídos” de La Solana son bien conocidos por los solaneros, han estado escritas en la cruz del cementerio, durante cuarenta años y año tras año se les ha hecho una ofrenda floral en medio de un ritual místico patriótico, entre cánticos y banderas, en la parroquia se celebraba el tedeum y los maestros llevaban en formación a sus alumnos, algunos vestidos con la camisa azul de falange.

Los 114 republicanos asesinados en La Solana llevan ochenta años esperando, algunos en las cunetas, su verdad, justicia y reparación.

*Historiadora, autora de “Robledo de Chavela 1931-1945. Desaparecidos, asesinados, detenidos y depurados”. El Garaje Ediciones
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