20 de octubre de 2020

Radio Republicana

La Voz de la Memoria

“Recordar la vida útil del odio, cómo se gesta, se reproduce, se materializa y lo difícil que resulta que muera, siempre es un ejercicio recomendable para evitar seguir acercándonos al precipicio. Una vez despeñados, la vuelta atrás, la reconstrucción de los delicados mimbres democráticos de la convivencia, requiere, cuando menos, décadas”, escribe la autora.

Por Patricia Simónlamarea

Sabes que sin violencia estarías perdido
y le metes tu mierda de miedo en el hocico.
Islamabad, Los Planetas

Solo hay algo peor que el odio: cuando se ha inoculado tanto, que el enemigo es aniquilado con indiferencia. Lo constaté cuando un paramilitar colombiano me describió paso a paso, mirándome a los ojos y ante la cámara, cómo había descuartizado con cuchillos y sierras mecánicas a decenas de campesinos indefensos. Lo hacía con una frialdad técnica: primero, la cabeza; después, los brazos y las piernas. Cuando le pregunté por qué lo hacía, por qué estos grupos criminales que durante años actuaron en connivencia, cuando no en colaboración directa con el Estado, se ensañaban así con sus víctimas, no me respondió la motivación económica o política. Me miró extrañado y respondió: “Porque así el agujero que hay que cavar para enterrarlos es más pequeño”. Para él era simplemente cuestión de lógica; para mí, la lógica de la espiral deshumanizadora de la violencia.

Nos lo contó en la sede del Cuerpo Técnico de Investigación, perteneciente a la Fiscalía. El Edificio Mónaco, que si no fuese Colombia podría tildarse de paradójico, fue hasta finales de los 80 una de las residencias de la familia de Pablo Escobar. En 1988, el cartel de Cali explosionó en su entrada un coche bomba con 80 kilos de dinamita, provocando tres muertos, una decena de heridos, destrozos en cuatro cuadras a la redonda y, sobre todo, la mayor guerra entre carteles de la droga que el país había vivido hasta el momento. 

Obviamente España no es Colombia, ni su contexto e historia son comparables. Pero recordar la vida útil del odio, cómo se gesta, se reproduce, se materializa y lo difícil que resulta que muera, siempre es un ejercicio recomendable para evitar seguir acercándonos al precipicio. Una vez despeñados, la vuelta atrás, la reconstrucción de los delicados mimbres democráticos de la convivencia, requiere, cuando menos, décadas. 

Este verano tocaba gestionar el duelo por las más de 30.000 personas que han muerto, solo en España, por la covid; por las terribles condiciones en las que expiraron muchas de ellas y por el desasosiego de sus seres queridos; por la pérdida de esa vieja normalidad a la que nunca debimos acostumbrarnos pero en la que, al menos, podíamos tocarnos, abrazarnos, besarnos, consolarnos; un añorado y despiadado pasado en el que podíamos restregarnos bailando, emborracharnos gritando, enamorarnos follando… sin la losa de convertir nuestros cuerpos en los potenciales aniquiladores de nuestros seres queridos, sin convertirnos en eslabones de la red de contagios. 

Y, por el contrario, al menos yo, recordaré estos meses como aquellos en los que años de irresponsabilidad, de banalización del mal, de degradación de la ética pública cristalizaron en el verano del odio. Un odio corrosivo, viscoso y casi bíblico: el odio que destila el exvecino del vicepresidente Pablo Iglesias advirtiéndole, frente a la fachada de su casa, que “algún día tendrá que abandonar este país”; el odio de las pintadas en la carretera del pueblo asturiano en el que fue a descansar con la ministra Montero y sus hijos; el odio antifeminista de los tuits contra las personas trans; el odio racista contra Berto Romero por declararse equidistante en la cuestión catalana; el odio de los insultos contra el presidente Pedro Sánchez en Doñana;  el odio entre feministas por su posición ante la controversia de la prostitución; el odio hacia cualquiera con el que no se coincida en un 90% de sus opiniones; el odio esparcido a espuertas desde el Parlamento, desde algunas ondas, desde bastantes televisiones, desde muchas cabeceras.

Odio producido por los que se lucran y medran a base de esparcir mierda, pero también odio desde los que han quedado atrapados por la espiral del miedo, la incertidumbre y la impotencia. Recordaré este verano como aquel en el que pasamos de la indignación perpetua, estéril, agotadora, al odio descarnado, corpóreo, musculado… especialmente en las redes sociales. 

Son muchas las personas que han anunciado en estas semanas que abandonan Twitter por su desazón ante tanta virulencia. Las entiendo. Es más, me parece la opción más inteligente en esta revolución que tenemos pendiente de recuperar el control del tiempo, de arrebatárselo a los hombres grises que están detrás de esa industria multimillonaria de la desinformación, la crispación y la polarización. Pero me resisto a dar por perdido otro espacio. Internet nació con una vocación libertaria y, aunque desde sus inicios Estados Unidos entendió bien sus peligros y se hizo con su control, siguió siendo durante años un territorio desde el que intentar construir relaciones igualitarias de libre expresión. Resulta obvio que hemos perdido la batalla con el control de las grandes corporaciones tecnológicas lucrándose con nuestros datos. Pero, si nos vamos, ¿quién se quedará construyendo la opinión pública tuiteada? 

Contemplar las batidas de odio debilita, agrisa, entristece y envejece. Nos hunde en la peor de las sensaciones: la impotencia. Compartirlas sin contextualizarlas, enmarcadas en exabruptos, las fortalece a través de los endiablados algoritmos, como nos advierten cuentas tan lúcidas como @nolesdescasito. Pero esto va mucho más allá: necesitamos urgentemente descansar del odio y refugiarnos en la ternura. Escuchar en bucle la banda sonora o, qué diablos, volver a ver Cinema Paradiso; releer Solo pido un poco de belleza, de Bru Rovira; pintar sin mayores pretensiones, como cuando éramos niños; apaciguar las ansias de ver a la hija de la amiga querida, alumbrada en plena pandemia, revisando las fotos de aquel verano compartido de risas y salitre; escribir y describir la desazón a mano, y cantar y bailar el “Islamabad” de Los Planetas como si nos acompañara en el escenario un Young Beef desatado.

Porque «Después de la guerra alguien tiene que limpiar para que puedan pasar esos cuerpos que no despertarán”, como cantaba María Rodés. Porque esto ya no se trata de ganar, como sostiene Magda Bandera: se trata de averiguar cómo vamos a reconstruir la posibilidad de diálogo con nuestro vecino. Si escribir era vivir para José Luis Sampedro, hablar es el primer paso imprescindible para convivir. Yo no quiero ganar, quiero dejar de creer que todo, irremediablemente, va a ir a peor. Necesito volver a creer que tras “un verano fatal”, como cantaban Vega y Rosenvinge, vendrá un otoño de reconstrucción, de la palabra compartida, de la confianza, de la serenidad. Así sea en 2021, en 2022… Así sea.

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