1 de noviembre de 2020

Radio Republicana

La Voz de la Memoria

El ciclista español héroe de la Resistencia francesa que acabó en un campo nazi

Miquel Mució fue ciclista, héroe de la Resistencia, preso en un campo de concentración nazi y hombre que vivió mil vidas antes de dejarse la suya. Una personalidad carismática, pegada a las peripecias que le tocó sufrir.

MARCOS PEREDA@MarcosPereda2publico.es

Los ciclistas están apiñados frente a la playa de El Sardinero. Cuatro de septiembre de 1925 y aún algunos aprovechan ese solecito tan rico que hay a finales de verano para pasear y darse un baño, que está el agua caliente. Vale, no demasiado fría. Ellos no, claro, porque ellos tienen por delante otra cosa. Más de 200 kilómetros, por ejemplo. De Santander a Reinosa, pasando por Potes y Cervera de Pisuerga. Es la primera etapa de la primera Vuelta a Cantabria. Aplausos, bambolla.

Horas más tarde. Pasado Pesaguero, último tramo de Piedrasluengas, casi bajo una pancarta donde pone “Viva Cantabria”. Aceleran dos tipos. Uno se llama Juan de Juan. El otro… bueno, el otro no se sabe muy bien. Miguel Musó, dicen las crónicas de su época. Miquel Mució, ha pasado a la historia. Muç Miquel Serret le decían en su casa. Ciclista. De los buenos, de los que ganan carreras importantes. Palmarés ya destacado. Aprieta con fuerza los pedales, pasa a toda velocidad por el poblado que hay cerca de la cima, es cazado por otros mientras baja hasta Cervera de Pisuerga. En Reinosa, un par de horas más tarde, hará tercero. Cuando acabe la segunda y última etapa (de Reinosa a Santander pasando por Espinosa de los Monteros, Los Tornos o las Encartaciones) repite posición de la general. Casi veinte horas encima de la bicicleta y solo once segundos lo separaron de Teodoro Monteys, el ganador.

Perra vida.

Qué bonita es la bicicleta, y qué poco dura su amor. Tan joven y ya tan agotado. Miquel lo deja en 1930. O, más bien, es ella quien lo abandona, porque el ciclista nunca termina por convencerse de que ese tiempo ya no es el suyo. Así que nada… recuerdos, gloria pasada, batallitas con los amigos. Vive en Perpignan junto a su esposa, Marie Gubert. Hasta tiene un hijo, mira, un hijo, qué majo es. Se llama Robert Miquel. La vida sonríe a Muç.

También, cuentan, a España. Que tiene República. Una República señores, nada menos. La Segunda, y casi nadie se acuerda de la Primera, con lo agitado que fue aquello. En fin, no nos vayamos por las ramas. Que hay más libertades, y laicismo estatal, y reformas penitenciarias y un montón de cosas. Y todo eso a Miquel le agrada, porque es hombre comprometido. De izquierdas. Militará con el tiempo en el Partido Socialista Unificado de Catalunya y en el Partido Comunista de España.

Lo de ganarse las habichuelas le vino desde pequeño. Muç Miquel Serret, ese que en todos sitios aparece como Miquel Mució, vino al mundo el 3 de diciembre de 1902. Barrio de Les Corts, plena Ciudad Condal. Su padre era el sereno de la zona, pero murió cuando el chiquillo contaba apenas cinco meses. Vida dura, pues, desde el principio. Empieza el éxodo. Primero a Vila-Seca, entre Tarragona y Cambrils. Principios del siglo XX, no piensen en parques de atracciones, paseos marítimos y pisos a pie de playa. Campos de cosecha. Huertas. Viñedos unos kilómetros al interior.

Allí trabaja Muç hasta que tiene dieciséis años. Endureciendo brazos, espalda, piernas. No es deportista, pero parece atleta, aunque aun no conoce la bici. Eso le llega más tarde. Otra mudanza. A Francia esta vez, Perpignan. Y ganarse el pan, claro. Sin saberlo estaba labrándose un futuro. Entró como mecánico en una tienda de bicicletas. Qué bonito es todo, cómo brillan las cadenas limpias, qué delicia el sonido de los radios cortando el viento. Me gusta esto. Me gusta mucho.

Apenas doce meses y el adolescente Miquel empieza a competir.

¿Conocen el Rick’s Cafe Americain? Oh, deberían. Un sitio de lo más acogedor. Tiene buena música, se escuchan diálogos inteligentes y conserva ese ligero encanto de la decadencia. Eso sí, no finjan escándalo… allí se juega. Bueno, pues Muç tenía una especie de Rick’s Café en Perpignan. De primera diremos que daba bien el tipo. Acaba de terminar la Guerra Civil española y Miquel no tiene aun cuarenta años. Alto, fornido, siempre perfectamente peinado, una pequeña sonrisa que desarma. Sí, parece casi un cliché, pero era cierto. También lo otro.

Lo otro. Miquel actúa como contacto exterior del Partido Comunista. Se lleva bien con los gendarmes, sabe todo de exiliados españoles, conoce a estos y aquellos. Cada vez que un huido llegaba al sudeste francés tenía un primer paso ineludible. Vete a hablar con Muç. Él te protegerá, te proporcionará contactos para iniciar una nueva vida, garantizará que no seas apresado de nuevo. También es, claro, miembro destacado del PCE en la clandestinidad, organización que aguanta a duras penas en esa ciudad. El responsable allí se llama Ángel Celada, pero todos le dicen Paco. Igual por joder a Franco (o al interfecto).

Doble vida.

La Volta a Catalunya lleva celebrándose desde el año 1911. No cuenten muchas más antiguas. El Tour, la Vuelta a Bélgica, el Giro. No es que fuera el sueño de los ciclistas catalanes en aquellos años veinte… es que no había apenas otros sitios donde destacar. Así que Miquel no se lo piensa. Quedará quinto en 1923, con diecisiete añitos. Recuerde lo que hacía usted a esa edad… no tenga vergüenza, recuerde. Pues Muç andaba peleándose con hombretones de pelo en pecho y rostro fiero. Qué más da. Lo hará mejor al año siguiente. Y al otro. Sendas victorias, nada menos. Doble vencedor de la Volta a Catalunya, la primera vez que alguien repite título.

Una estrella, reconocido allá por donde va. Lleva los maillots de la Unió Esportiva Sants, blanco y franjas verde oliva. Después vestirá otros colores aún más reconocibles. Azul y grana, sección ciclista del Fútbol Club Barcelona. El futuro se abre ante él.

El problema es que lo que pasó allí está ocurriendo también acá. Nacionales los llamaron al sur, directamente nazis los que llegan desde el norte. Pronto Francia cae bajo la misma bota que aplasta España, y la vida se le complica (aún más) a Miquel. Clandestinidad sobre la clandestinidad. Sigue con su bar, continúan los contactos. Y ahora suma otra cosa. Ya saben, uno empieza a asumir responsabilidades y no para.

Miembro de los Franc-Tireurs et Partisans Français. O, dicho de otra forma, los partisanos que el Partido Comunista galo está formando por todo el Hexágono. Primero de forma tenue frente al Régimen de Vichy. Luego más abiertamente, cuando los germanos se dejan de medias tintas e invaden militarmente el sur del país. Cuenta que si fueron uno de los grupos más activos en la Résistance interna. Enlace, de nuevo, aprovechar que conoce a todos y todos parecen apreciarlo. Extremar precauciones. El estremecer cada noche.

“Antes vivíamos en el miedo”, dijo Tristan Bernard a su mujer cuando unos soldados le arrancaron de su hogar. “Ahora viviremos en la esperanza”.

A Muç se le dan bien las carreras jóvenes. La Vuelta a Asturias, por ejemplo. Estuvo a punto de ganar su segunda edición, año 1926, cuando solo pudo batirle Ricardo Montero. Doce meses más tarde los puestos se intercambian, y Miquel logra la victoria final. Otra vez Montero como rival. Apenas dos minutitos. Suficiente.

Picotea aquí y allá. Etapas y premios. Campeón de España en ruta, año 1927. Pruebas hoy ya desaparecidas. El Gran Premio de Bilbao, el Gran Premio de Álava. Rondando de nuevo el éxito en la Volta. Constancia. Dicen de él que es un atleta, que todo lo puede, que le cuesta cuando la carretera mira al cielo pero es aguerrido, fajador. Qué no podría hacer con los métodos de entrenamiento más avanzados. Qué no podría, se preguntan.

Y aparece la tentación. Francia.

Sí, probemos.

También a Muç le tocó. Lo de vivir en la esperanza, digo. Diez de abril de 1944, plena madrugada. Golpes en la puerta, miedo dentro de la casa. Venga con nosotros, dicen los de la Gestapo. Venga con nosotros. Majísimos como eran le permiten vestirse. Una camisa, unos pantalones, zapatos. Palizas, juicio sin juez. Un tren que parte al norte. A la Hansa, Hamburgo. La antigua fabrica de ladrillos en el distrito de Neuengamme. Igual no les suena, pero fue campo de concentración nazi. Pasaron por sus muros unas 100.000 personas. Más o menos la mitad terminaron sus días allá.

Por Neuengamme estuvieron muchos republicanos españoles. Rotspanier, los españoles rojos. Aun hoy las cifras difieren, porque solo se recogen los fallecidos. Y aún entre estos los hay que siguieron arrastrando estigmas después de muertos. El régimen franquista los tildó de “extranjeros indeseables”, condenándolos al olvido sobre el olvido. Sumen aquellos que, como Muç, fueron arrojados allí como “galos” y entenderán la magnitud. Se calcula que hubo 10.000 españoles en campos de concentración nazis, además de otros 40.000 haciendo trabajos forzados.

De Muç Miquel sabemos más cosas. Recluso número 30257, que los nazis eran muy de apuntarlo todo. En Neuengamme había sobre todo presos políticos. Pero eso fue al principio. Cuando se dieron cuenta de que la guerra estaba jodida los germanos apretaron el acelerador. Experimentos médicos. Judíos, gitanos, homosexuales. Miquel aguantó allí más de un año mientras a su alrededor se abría el infierno.

El 2 de mayo de 1945 las SS abandonaron Neuengamme. Dos días antes Hitler se había volado la cabeza en su bunker.

Miquel era libre.

Se llama Dilecta-Wolber y es uno de los mejores equipos del mundo. Maillot amarillo en el pecho, azul por el vientre. O viceversa, depende de la carrera. Allí corren algunos mitos. Los hermanos Pélissier, por ejemplo, los que generaron ese cliché. Forçats de la route. El pequeño Charles y sus ojos de agua. Francis, que tantas veces hubo de calmar los ánimos del mayor. Y, sobre todo, él. Henri. Quizá el ciclista más conocido de su tiempo. Auténtico icono mediático, diríamos hoy. Colérico, impetuoso, violento. Grandes momentos sobre la bicicleta, la vergüenza, el escarnio, al bajarse de ella. Murió en 1935, pero esa es otra historia.

La nuestra tiene a Muç Miquel como protagonista. Y ellos son sus compañeros en el equipo. También están otros, claro. Le Drogo, Bonduel, Bellenger. Miquel corre para el Dilecta-Wolber los años 1928 y 1929. Sendas victorias en Ordizia. Casi triplete en Catalunya, solo por detrás de Mariano Cañardo (primera de siete). Era el año 1928 y aún no había cumplido los 26, pero estaba agotado. Aún aguantó otra temporada, antes de colgar la bici.

“Me gusta Francia”, debió pensar.

No pudo aguantar. Fue el epílogo más cruel, un acto de tal monstruosidad que destaca incluso en el contexto de aquella contienda.

Abandonadas sus fuerzas, al borde de la inanición, Miquel no tiene energía para repatriarse y lo envían a un hospital en Lübtheen, cien kilómetros al este. El problema es que los británicos que habían liberado Neuengamme siguen con su avance, y dejan aquel centro en manos germanas. Solo veintitrés días después de abandonar el campo Miquel muere. Han envenenado su comida. Muchos otros siguen idéntica suerte. La guerra ha terminado, pero la guerra aún no terminó.

En Perpignan hay un Palacio de los Reyes de Mallorca, que se terminó de construir a principios del siglo XIV. Arquitectura sobria, muros fuertes. Con los años, tanto Felipe II como después Vauban incorporaron elementos defensivos adicionales a la ciudadela. Algo imponente, vaya. Pues al lado, justo al lado, existe una calle pequeñita, muy modesta. Corta, apenas puñado de casas al sur, los grandes muros de la fortaleza y el Jardin des Remparts al norte. Poder y delicadeza.

Esa calle se llama Rue Miquel Mucio. Héroe de la Resistencia.

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